12/05/2007

Porque somos infelices papa?

Niño: -¿Por qué somos incapaces de ser felices papá?

Padre:
-Verás hijo, todo empezó hace mucho tiempo, apenas hubieron muerto los últimos dictadores.
Ya para entonces era una época gloriosa para la ciencia. Se hacían grandes avances y descubrimientos y empezaban a erradicarse muchas enfermedades. Las cosechas mejoraron y con el tiempo, se crearon grandes campos de recolección en el espacio -aún vuelan nabos y patatas por los confines del universo-.
Se erradicó el hambre en el tercer mundo y más adelante en el primero, aunque costó más. -Nunca supe nada del segundo mundo, es igual-.
Se descubrió por fin que Cristo existió, aunque para la sorpresa de todos, este era negro, mujer y lesbiana, un duro golpe para la iglesia, que decidió cambiar su negocio habitual por la venta de coches deportivos, bendecidos por el Papa, claro está.
Más tarde se descubrió todo el ADN. Los hombres vieron pues, que su código genético había sido limitado por no se sabe qué o cómo, desde el principio de los tiempos y tampoco conocían todavía en qué. Aun así esto contribuyó a una casi total manipulación genética, había fábricas de miembros, gente que se hacía cortar partes del cuerpo para mejorar estéticamente otras, incluso llegaron a poder sustituirse cabezas (con cerebros incluidos) para erradicar el acné juvenil.
Por supuesto, el cáncer pasó a ser un simple resfriado y el parkinson se vendía en las tiendas de bromas. Esas cosas pasaron a ser unas meras líneas en los libros de Historia.
Sin hambre, enfermedades, ni restriñimiento, la gente empezó a ver las cosas de otro modo. El cambio total o parcial de cuerpo llegó a estar cubierto por la Sanidad Pública, todo hombre o mujer tenía derecho por ley a ser como quisiese. Las partes del cuerpo estaban ya tan desvaloradas que, con un hippy meal te regalaban otro hígado nuevo para que pudieras comerte otro menú.
La gente cada vez tenía menos preocupaciones y se fabricaron grandes extensiones de robots que pasaron a ser la clase obrera, esclavos de metal que no protestaban, trabajaban 24 horas al día y no miraban Internet en el trabajo. Fábricas, oficinas y minas, embutidas de piezas de hojalata que manipulaban datos y material, mientras el hombre sólo tenía ocio, orgías y siestas.
Fue una gran época para la humanidad, todos eran guapos, ricos y tenían casas en la playa, ya no quedaba nada más. El hombre, por primera vez en la historia, supo qué es ser feliz. Y de ahí vino el problema.
Lo que todos ignoraban era el diseño inicial del hombre, que había ido grabándose generación tras generación. El elemento que hacía estable toda esa fusión química, celular y atómica, era el más común en el espacio, compuesto de esos insondables huecos entre masa y masa, eso que hace casi virtual la materia… Era la infelicidad.
Así empezaron a descomponerse los hombres, cuando la felicidad cubría sus cuerpos y desestabilizaba sus complicadas estructuras internas.
Nuevamente se hicieron miles de estudios, pero todos llegaban a la misma conclusión: el hombre es inestable ante un exceso de infelicidad y ante una sobredosis de felicidad.
¿Y cómo ser infeliz en un mundo perfecto? Eso se preguntaban todos. No, no queremos morir ¿Cómo vamos a conseguir ser infelices?

Fueron optando por distintas vías:

Niño feliz: Mamá ¿qué hay para comer?
Mamá: Mierda de perro con patatas.
Niño no tan feliz: ¿Otra vez patatas?

Algunos eran más originales y se pillaban los huevos con la tapa de un piano, se enamoraban, o volvían a pagar impuestos. La situación era insostenible, había más gente que se moría por ser infeliz, que por ser feliz.
Se tuvieron que tomar medidas muy drásticas, pero finalmente el mundo se armó con el coraje que nunca había tenido y se destruyeron los campos espaciales de comida, se quemaron todos los robots que mantenían al mundo, se cultivaron de nuevo enfermedades, los médicos volvieron a cobrar por tratamientos inciertos y, para acabar, le cortaron las tetas a Cristo nuestro señor y lo pintaron de blanco. En resumen, se volvieron a crear las antiguas civilizaciones e imperfecciones, hasta que todo el mundo tuvo un equilibrio de infelicidad óptimo para la evolución humana, hijo mío.

Niño: -Papá, es la historia más absurda que jamás oí, no me creo una puta mierda.
Padre: -Ya lo sé hijo, anda, pásame otro cartón que esta noche hace frío.


Dedicado a mi hermano :), esperu ke t'agradi.

1 Comments:

Blogger mas de mi que de... lirio said...

palabras justas en el momento justo... Te quiero Keve.
Buenas noches.

12:05 a. m., diciembre 07, 2007  

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