5/25/2008

La chica que no quería hacer la clorofila

Ocurrió en un riachuelo. Ella, desesperada, soltera, con 5 hijos. Uno más acudió a la llamada del sexo, y éste no lo podía mantener. Apenas salir de una placenta fue a parar a una cesta de mimbre. Su madre la soltó rio abajo con la esperanza de hallar una mejor vida que morir en un container. Su suerte siguió siendo mala. Se estancó en unos campos de arroz, y allí se embarró. La niña lloraba pero era la única que la oía. Siguió llorando de hambre y frío hasta que algo acudió a su llamada. Eran las verduras y hortalizas vecinas que no soportaban más ruido y pena. Cuidaron de la niña como pudieron. La vistieron de hojas secas, le dieron leche de arroz y de avellanas, le cantaron canciones de cuna como solo un rabanito sabe recitar. Aprendió a gatear y a regar al mismo tiempo, se volvió carnívora cuando tuvo la ocasión. Era divertido ver como un ejército de berenjenas le tendía una emboscada a un conejo y le daba caza. Recibió sus primeras clases de una calabaza, y aprendió la tabla calórica antes que a hablar. Todo fue normal hasta que cumplió 7 años. Un pastor la encontró escondida en una madriguera. Trataba de que no la encontraran pero una niña no podía hacer nada contra las manos de un ovejero. La gran ciudad no entendía nada. Una niña pequeña que ni siquiera sabía hablar fue portada de todos los periódicos. Los más famosos antropólogos decidieron estudiar su caso y, claro está, el gobierno pronto le proporcionó una familia adoptiva. Fue a la escuela vestida como una señorita, aprendió a hablar y acabó olvidando su pasado. Los psicólogos y demás especialistas lo vieron como un triunfo de sociedad contra la mismísima naturaleza. Consiguieron domar a la fierecilla desnuda y hacer que saltase aros como era su deber. Los años pasaron y la analfabeta vestida de lechugas moribundas resulto ser una alumna brillante, aparte de una perfecta dietista. Llegadas sus 20 vueltas al sol, los padres no naturales decidieron ser francos con ella y contarle sus orígenes. Le dijeron que procedía de un agujero inmundo, que vestía como una vagabunda y solo comía carne. Ella hizo ver que no escuchaba. No recordaba nada de eso por lo tanto no podía ser verdad. Con su subconsciente pensando por ella se dejó llevar por pensamientos superfluos y seguir en la normalidad. Adelantándonos a la aguja de los relojes llegamos a sus 21 primaveras. Estaba sola, tenía que prepararse la comida, le tocaba gimnasia por la tarde. Con prisa lanzo unos espárragos en la sartén:
Vocecillas: ¡Eh, esto quema!
Bárbara: ¿Hola?
Vocecillas: ¡Sácanos de aquí, pirómana!
Bárbara: ¿Quién es?
Vocecillas gritando: ¡Nosotros!
Bárbara: ¿Unos espárragos?
Espárragos: Un xenófobo con tetas. ¡Estamos perdidos!
Bárbara corto el gas, y con un tenedor intento apartarles.
Espárragos: ¡Esta espetándonos! ¡Quiere torturarnos!
Bárbara confusa: ¿Qué es espetar?
Espárragos: Atravesar con un instrumento puntiagudo carne, pescado... ¡Espárragos!
Bárbara: Joder, ¡que sensibles sois! Ya uso unas tenazas tranquilos…
Espárragos: Nos quema, nos pincha, ¡qué se habrá creído este monstruo peludo!
Bárbara: De peluda nada que me depilo cada mes.
Espárrago gallito: ¡Nos ha jodido la giganta! Si yo pesara 50 toneladas y midiera 30 metros veríamos si te quejas o no!
Acabo comiéndose una empanadilla de chistorra. Mientras nadaba en la piscina del gimnasio pensaba:
Barbará .oO (Que extraño, eran espárragos cutres, del todo a 100, ¿saldrían defectuosos? ¿Quejarse era una tara? Eran divertidos aunque muy pesados e incomestibles, ¡no se dejaban! ¿será que me ha de bajar la regla? Hoy es viernes, saldré y me despejaré. Estudio demasiado.
Al anochecer estaba en la cocina, y de nuevo una vocecilla la asedió:
Voz de pito: ¡Eps! Tú, si tú, “flacuxa”.
Barbará buscando: ¿Yo? ¿Quién es?
Voz de pito: ¡Ozu! “Ar” “lao” “der” salero.
Bárbara descubrió con la mirada una simpática cabeza de ajos.
Bárbara: ¿Y tú qué coño quieres? Me tenéis frita. ¿Es que tengo cara de ensalada?
Cabeza de ajos: Vaya que genio “gazta” la nena, solo quiero salir esta noche de fiesta.
Bárbara: He quedado con unas amigas.
Cabeza de ajos: Ellas “tambiéng” pueden “vení”.
Bárbara: ¡Anda y cómprate un pepino!
Bárbara se fue al sofá a estirarse pero la cabeza de ajos se puso a llorar. Cuando llevaba 15 minutos se levanto.
Cabeza de ajos lamiendo una cebolla para llorar: ¡Buaaaaaaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaaaaaa!
Bárbara: ¡Si no te callas haré unas gambas al ajillo!
Cabeza de ajos cebollosa: ¡Buaaa! ¡buaaaa! Llorare en tus tripas y “mharé” una cabaña en una teta y jamás te librarás de mí.
Bárbara .oO( ¿Será un farol?)
Bárbara: Esta bien, ¿qué debo hacer?
Cabeza de ajo con un moco colgando: !Snif! ¡Snif! Apenas “na”. Tan solo me metes en el bolsillo y vete a “bailá” “po” ahí. 
Esa noche Bárbara se puso doble ración de perfume y fue a reunirse con sus amigas. Ya bailando oyó esa maldita vocecilla.
Cabeza de ajos marchosa: “Zubeme” “ar” pódium siesa.
Bárbara: ¡Qué ”pesao”!
Amiga granuda: ¿Te pasa algo, Barby?
Bárbara: No, no, tranquila. Un tío que se roza más que una caja de cerillas.
Cabeza de ajos achilikuatrada: ¡Vaaaaaaaaaaaaaaa!
Bárbara: ¡Shhhhh!
Amiga con cara de pizza 4 quesos: ¿Estás bien, Barb?
Bárbara: Sí, es que la música está muy alta.
Cabeza de ajos rumbeando: ¡”Aserejé!”! ¡quiero más gásolinaaaaaaaaaa, más gasólinaaaaaaa!
Bárbara, harta de tener que justificarse, se metió la mano en el bolsillo, sacó la cosa que hablaba y se la aposentó en el canalillo. Sus amigas extrañadas no se atrevieron a preguntar, es más, ningún chico las molestó esa noche. La cabeza de ajos, entre sus dos cómodos cojines, disfruto como nunca mientras tarareaba los grandes hits de la temporada.
Pronto corrió la voz y las verduras hacían cola para hablar con Bárbara. Tenía especial amistad con unas coliflores que compró de oferta y con una sandia llamada Octavio. Con el tiempo dejó de tener contacto con la gente, nadaba con calabacines atados a la cintura, estudiaba junto a patatas superdotadas (les gustaba que las llamaran ponme de terre), iba a la discoteca con 2 cestas de verduras y su relación con Octavio empezaba a rozar los límites de la frutofilia. La gente de su círculo social empezó a preocuparse hasta que obligaron a Bárbara a ir al psiquiatra.
Psiquiatra: ¿Y bien?
Bárbara: ¿Y bien qué?
Psiquiatra: ¿Cuál es tu problema?
Bárbara: Mi problema es que no tengo problemas y los demás sí.
Psiquiatra: Dicen que hablas con los vegetales y demás cosas verdes.
Bárbara: Es verdad.
Psiquiatra .oO( Con esta tía pagaré la ortodoncia de mi hijo)
Psiquiatra sacando un plátano del bolsillo: ¿Ah, sí? ¿Puedes hablar con mi merienda?Bárbara: Con que era eso… sí, claro que puedo.
Plátano con pelusilla: ¡Dile al tío este que sus pantalones de pana pican! ¡me estoy volviendo loco! Llevo oyendo 7 pacientes antes que tú. ¡Que me coma ya!
Psiquiatra: ¿Qué dice mi sabroso plátano?
Bárbara: Dice que usted es un capullo.
Psiquiatra: ¿De verdad dice eso? No debe conocerme.
Plátano manoseado: Pues tu mujer sí y a mí también, ¡jajá!
Bárbara riendo: ¡Juas! ¡juas! ¡Qué fuerte!
Esa y las siguientes terapias (muchas, muchas y mas muchas) no mejoraron nada, aunque Bárbara empezaba a sufrir los efectos de una diarrea mental. Las drogas que le hacían tomar le nublaban la cordura y minimizaban su libido. Eso acabo de matar su pecaminosa relación con Octavio. Pasó el tiempo y todos le recordaban que las verduras y frutan no hablan.

Papis repipis: ¡Las verduras no hablan!
Amiga granuda con un par de granos menos: ¡Las verduras no bailan!
Amiga con cara de pizza 4 quesos y ahora salami: ¡Las verdura no inventaron el reagueton!
Psiquiatra: Eres una tripolar, ¡Las verduras no se acuestan con mi mujer!
Plátano que antes tenía pelusilla: ¡No te estoy hablando!
Al final, lo que uno piensa se convierte en realidad. Medio anestesiada, confundida, desacreditada, asexuada, patizamba y desorientada, creía que era una esquizofrénica cutre. Los demás oían voces dentro de su cabeza, ella en una vichyssoise.
Al final decidió que no estaba bien. Se encerró en su cuarto y desarrolló fruitifovia. Decidió dejar de sufrir. Preparo agua caliente en una bañera, encendió incienso, se desnudo, dejo sus anillos apilados, cerro con pestillo y lamió las venas de sus manos con una cuchilla. Pronto el mundo se volvió acuarelado y la sangre teñía el agua. Perdió el conocimiento. Horas más tarde, cuando todo perdió el sentido, volvió a recuperarlo. Despertó en silencio. Recordó, miro sus muñecas. Llevaba un cataplasma hecho de lechugas. Octavio estaba allí, flotando entre el agua coloreada.
Octavio meneándose en el agua: ¿Estas mejor, querida?
Bárbara: Sí, amor.
Octavio seriote: Que ellos no puedan, no significa que no exista.
Bárbara con lagrimas como garbanzos: Lo sé, cariño. Estaba ciega porque no creí en mí.
Los dos se besaron en ese paisaje idílico. La cena de esa noche aplaudió.



Dedicado a Bárbara (!habla con las verduras!) y a Peck.

1 Comments:

Anonymous Tu mariposa said...

Lo has cambiado :)

12:22 a. m., mayo 04, 2016  

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